Eusebio Ruvalcaba – del engreimiento a la palabra (crónica breve de una historia algo larga)

Cuando lo supe, aún estaba en la cama, deslagañándome los ojos y estirando el cuerpo, digamos que ‘a dos’ de poner el primer pie en el suelo de ese nuevo día (si lo quieres ver poéticamente), Eusebio Ruvalcaba había muerto.

De inmediato abrí los ojos sorprendido, pero no por su muerte (inminente para quienes le seguíamos los pasos), sino por esa dualidad emocional que me invadió por tan solo un instante, misma que se ligó de inmediato a un sinnúmero de recuerdos, pequeñas cosas que viví por momentos a su lado y otras más (afortunadamente) a su distancia… la poesía por fin descansa – la literatura tendrá un faltante imposible de llenar.

Conocí a Eusebio más por coincidencia que por oficio, en aquél entonces, yo andaba en todo y en nada, como bien hacía un trabajo de obrero para sacar unos cuantos pesos, como también hacía fotografías de personajes para el extinto periódico Novedades, este pasajero oficio fue el que me llevó hasta la misma mesa con el tal Eusebio, yo le conocía por su pluma, su libro ‘Un hilito de sangre’ había llegado hasta mis manos hacía tiempo y tenía por costumbre leerlo en cualquier oportunidad y a la menor provocación, en fin, me gustaba admirarlo, pero sentarme al frente suyo y almorzar escuchando todo aquello cuanto tenía por decirme era otra cosa.

“Escribí un hilito de sangre para salir de la bronca, en aquél tiempo solo me dejaban ver a mis hijos los fines de semana, pero yo me la pasaba borracho, entonces les escribía las aventuras de León para entretenerlos, ellos, cada que venían a verme, preguntaban por lo que seguía y yo se los leía, al cabo del tiempo, tenía un libro completo y lo demás ya es historia”

Luego llegó ese momento incómodo en el que uno descubre su vocación en la vida y me di a la tarea de solicitarle a Eusebio su opinión al respecto de mi poesía, amablemente me citó en más de una ocasión a su casa para discutir el tema, pero nunca fue así, todo se resumía a escucharle monologar sobre esto o aquello, sobre Bukowski y esa nueva traducción que le habían encargado prologar, sobre Wagner y sus grandiosidades musicales o sobre la bebida, sin importar cual fuera esta, la bebida, para él, siempre fue tema de conversación.

“Cuando me llamaron para hacer la película de un hilito de sangre yo no les creía, me dijeron muchas cosas al respecto, que si el papel de León lo iba a hacer no sé quién y que se apegarían al 100% a la historia, en fin, que cuando llegó el momento de ir al estreno, me vinieron a sacar de mi casa, yo estaba borrachísimo y la verdad ni me acuerdo de si me gustó o no, yo solo quería que me regresaran para seguir bebiendo, finalmente ya tenían su película ¿no?”

En realidad no fueron tantas las tardes que pasé en su compañía, pero bien valieron la pena, nunca había convivido con un escritor de verdad y mucho menos con uno que, como yo, compartiera la pasión por la poesía y la dipsomanía de esa manera, con el paso de los días fuimos descubriendo que, salvo por esos comentarios pendientes sobre mi poesía, era poco lo que teníamos en común, no solo por la diferencia de edad, sino también, por todo aquello cuanto él decía en interminables peroratas y cuanto yo callaba entre pequeños sorbos de ron, ginebra, cerveza, etcétera y, al cabo de unas cuantas líneas sobre mi ópera prima (acostumbran decir los intelectualoides), nuestra ‘amistad’ se redujo a un poco constante intercambio de correos electrónicos que se fue extendiendo en sus tiempos conforme avanzaron los años.

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“Querido amigo, para que yo haga cualquier comentario sobre su poesía es necesario que la exponga a mi taller para perfeccionarla, solo así le haré el favor de comentar su nueva obra”

Me escribió algunos años más tarde, cuando lo invité a realizar nuevos comentarios sobre mi cuarto poemario y cuando, sorprendido, le escribí de vuelta para preguntarle si para obtener su opinión sobre mi trabajo era completamente necesario tallerearlo en su nuevo taller de poesía, su respuesta fue un simple y rotundo “si”, preferí el silencio rotundo por respuesta y, tiempo después, luego de mucho buscarlo, llegó hasta mis manos “El frágil latido del corazón de un hombre”, su poemario, mismo que, más que dejarme mucho que desear (porque deja mucho que desear para alguien que se jacta de ser un poeta consumado), me dejó un sabor de boca extraño, nuevo si se le quiere ver así, entre la desilusión y el asco.

Por eso la mañana en que llegó hasta mi pantalla la crónica de su muerte me encontré en esa encrucijada emocional que me dejó, por unos instantes entre el ‘hurra’ implícito en el nuevo descanso que a la poesía mexicana le dejaría esta noticia, y el tácito ‘uf’ que te deja la partida de cualquier buen escritor (no creo atreverme a decir ‘gran’ así a destajo, como si fuera su madre o su abuela) y justo antes de poner el primer pie sobre la alfombra de esa habitación desde la que planeo una nueva partida, ya había decidido que me quedaría con la sobrentendida enseñanza que la vida, a través de sus palabras (las de Eusebio) me puso enfrente hace tantos años… cuando uno permite que el engreimiento se le cuele a las palabras, no importa cuántos aplausos se terminen recibiendo, indefectiblemente los primeros, los que bien valieron muchas penas, hará bastante que se habrán marchitado en otros textos, en otro puñadito de cuadernos.

Antonio Andrade
Poeta, periodista y escritor mexicano

One Response to Eusebio Ruvalcaba – del engreimiento a la palabra (crónica breve de una historia algo larga)

  1. Lourdes dice:

    Dicen que la vida nos pone en el camino a las personas de las que hemos de aprender algo. Personas que nos dan, a veces, mucho o un pedacito de sí, de su tiempo o experiencia, buena o mala, pero que nos enseñan, ayudan y suman en el momento en el que lo precisamos, aún cuando no lo notemos de inmediato.

    A juzgar por la “coincidencia” que los cruzó en el camino, así debía ser. Y lo aprendido, mucho, poco, bueno y no tanto, habrá sido ganancia.

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