Naucalpan se vistió de luto

untitledA veces –o casi siempre-, la muerte se instala donde menos se le espera, donde no hace falta; quienes la adoran la conocen mala –malvada, diría mi agüela-, más bien sanguinaria, vengativa y desalmada…

No hay muerte más chocarrera
que aquella que se avecindó entre el tártaro
y la Naucalpan de Olvera.

Llegó ataviada de ambiciones tan largas
de violencias tan nefandas
de terrores tan terribles
de anatemas tan feroces
y de tan aparentes permitires
que en un tris la población
concluyó que el triunfo le era.

No se hizo pues necesario
adornarse de erubescencia
para burlar las autoridades
y las huestes policíacas
bastaba con su incompetencia.

Y así se fue de la rima
muerte mortal y afanosa
dejando a su paso quebrantos
cuerpos, trastos y pesquisas mentirosas.

…quienes la temen, la prefieren elegante pero callada, acicalada, catrina y lujosa, están también quienes eligen –por temor a cábalas e invocaciones-jamás mencionarla; y algotros –los menos en definitiva- que sin grandes melindres y aspavientos, van incluso hasta el portal de su morada para hacerla parte de algo, cualquier cosa, lo que caiga.

Naucalpan se vistió de luto mucho antes de que cayera la primera víctima, de que se disparara la primera bala, ¿hasta cuándo volverá a las manos de quienes la habitan y la pagan?

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