Cómplices de todo aquello

ZONA-2-SATELITE-F2-copiaCuando lo miré a los ojos por última vez –esos ojos inyectados de cansancio y de sollozos que miraban más hacia la nada-, supe que todo terminaría muy pronto, él se moriría despacito en esa desvencijada y burocrática cama de hospital y yo me quedaría aquí otro tanto, tratando de averiguar si pudimos ser mejores, él como padre, yo como hijo…

Hoy, poco más de dos años después de su muerte, aun no puedo recordar cuando fue la última vez que lo admiré completo, que me dejé guiar los pasos por su ejemplo –para bien o para mal-, que lo tuve entre los brazos sin prejuicios ni rencores, que le regalé un ‘te quiero’ sin ahogarme en mentiras, remordimientos y compromisos.

Ninguna de estas cavilaciones resultaba demasiado útil para dejarlo partir con calma, quizás por eso no nos despedimos, ambos sabíamos que era tanto el tiempo perdido, que pareció mejor quedarnos así, envueltos de silencio, aguardando la llegada de esa promesa de un tiempo mejor –al menos para él-, donde probablemente seríamos amigos, cómplices de todo aquello que jamás vivimos…

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