Hotel Hormigas

En aquellas grandes avenidas, se postran unos altos edificios, “Hotel de hormigas”; les llamamos las obreras que por debajo de sus narices sobrevivimos.
De vez en vez, una hormiga con lujosos chales sale mirando al cielo, no le ocupa pisar mierda, pues en ella es que cultiva sus ganancias. Ora un hormigón que con bigotes lustrados sale con bastón empujando a nosotras las que le adornamos su diminuto corazón.
Vivimos en paz, excepto cuando se llena el hotel de hormigas, porque cuando pasa eso, significa que las que dicen gobernarnos y los que dicen secuestrarnos se juntan en fiestas con albercas de miel recabadas por impuestos que nosotras labramos.
Y ahora que levantamos las manos, perdón, las patas, en caminos y letras, las que moran en el hotel de hormigas nos envían abejorros asustados, con mucho conocimiento del balonpié, y de Telerisa, con sus estómagos hambrientos nos corretean con sus mazos de silencio.

¿Ellos sabrán que defienden a los que tienen a sus hijos secuestrados?
En una de esas pesquisas yo me escondí en el estacionamiento de un Hotel de hormigas, no logré escapar y un abejorro hambriento levantó su mazo y grité, grité por mi vida y por su vida, tan fuerte que el Hotel de hormigas se cimbró.
“Aquí en el hotel de hormigas, se esconde el insecto que secuestró a tu vecino, y bebe una copa con el otro insecto que te roba los impuestos, si te muestro pruebas, ¿serías capaz de ya no defenderlos?” Le dije con el miedo despojado de una vez por todas, decidida a morir con tal de que un abejorro hambriento no lastime a su pueblo.
El abejorro famélico se detuvo un segundito, aquel en el que yo pude respirar liberad, pero su panza rugió de penuria y no logró pensar con claridad, rompió una de mis antenas y lastimó una de mis 6 patas, me dejó con la sangre de mi cuerpo dividida entre el dolor de su ignorancia, y el pesar de nuestra desgracia.
No nos rendimos y conseguimos saciar el hambre del abejorro ignorante, ya se pudo tomar más de dos segundos antes de defender a los insectos que moran el Hotel de hormigas.
Y seguimos dándole de comer al abejorro hambriento, ora le dimos un libro, ora le dimos un periódico, ora le enseñamos a mirar al cielo y la tierra, ora el abejorro ya no es ignorante y el Hotel de hormigas ya no tiene quien los cuide.
Quedan advertidos.

“Joven príncipe, mata a tus jóvenes pues en ellos está la semilla de tu desgracia, alimenta a tus adultos con esperanzas imposibilitadas, ahorca a tus obreros con estrechez y dales hambre mucha hambre, para que también te ayuden a reprimir a tus jóvenes rebeldes y si todo esto no funciona, mátalos a todos y esconde las manos, quizá nadie se dé cuenta y tengas una oportunidad más de seguir robando sin que nadie te recuerde el infierno que te espera.”

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