El Acromatismo del racismo

La media mañana desprendía el polen que a todas ellas les gustaba cosechar, con la quietud de quien duerme, las flores se dejaban seducir por aquellas que presuntuosamente zumbaban.

A lo lejos se vislumbraba con las mismas antenas como las de ellas pero de alas negras y pulidas, parecido al parpadeo de un cuervo, otro insecto de patas lentas que eran auxiliadas por un pequeño bastón.

Aquellas abejas que trabajan en el campo, creyeron que era sólo un forastero de ésos que invaden de vez en cuando y no le dieron importancia hasta que notaron que aquel oscuro insecto levantaba una choza a la orilla de unas rocas abandonadas.

“Cómo aquél que de otro color es, tiene la osadía de vivir bajo nuestras alas brillantes?” Incómodas, murmuraban.

“Pronto moriré vecinas mías, y de mí ya solo tendrán el recuerdo de quien aparentemente las invadió” Les gritaba el anciano escarabajo.

Pero ellas seguían cegando a su cotidianidad con la molestia que les provocaba ver aquel intruso, y no paraban de repetir que él estaba fuera de lugar, descuidaron sus campos y sus casas, y el veneno de sus rabos comenzó a subirse a sus gargantas.

“Vete bicho de andar oscuro, que con sólo mirarte nos haces sentir extrañas” Le decía una joven abeja al anciano.

“Puedo ser útil si me lo permiten” Respondía el escarabajo mostrando su dentadura incompleta.

Fue entonces que el cielo azul hizo que las alas de las abejas brillaran cual reinas de la colmena y con aquel poder planearon desterrarlo cuando al luna iluminara su camino a hacia las piedras.

Con antorchas y patas de arañas muertas, llegaron a la morada del anciano escarabajo dando zumbidos de desprecio.

“¡Fuera insecto de opaca mirada, no queremos seres de otro color aquí en el verde campo!” Gritaban al unísono y como no encontraban respuesta alguna, una de las mas jóvenes entró por la ventana para contemplar con asombro el cadáver de aquel quién alguna vez sin querer las acompañó – de viejo murió no crean que eran abejas asesinas, solo eran abejas estúpidas- y entonces sintieron confusión en sus corazones y quedaron en silencio, guardándole un minuto de luto sin darse cuenta.

Los días posteriores fueron descoloridos, y con ellos le siguieron una familia de escarabajos que iban en búsqueda de aquel que fue su más amado anciano y que planeaban rendirle digno entierro.

Y fueron llegando, familia tras familia, notaron que aquel campo era hermoso y que las piedras daban tierra fresca en los veranos. Comenzaron a poblar aquellos parajes tanto que tras los años una colonia de alas negras era feliz y próspera ya sin recordar que alguna vez fue tapiada de naranja y amarillo.

Dueños del maíz, de la tierra húmeda y también seca, de las piedras y de las flores, vieron a lo lejos, con las mismas antenas como las de ellos pero de alas amarillas y brillantes parecidas a las telarañas al sol, otro insecto de patas lentas que eran auxiliadas por un pequeño bastón.

Una vez más los habitantes de esa tierra, tuvieron la oportunidad de no tratar diferente a otro ser aun cuando sus alas fuesen de otro color, pues así pasará toda la eternidad, hasta que abejas y escarabajos trabajen “hombro con hombro” ¡oh, perdón quise decir, “ala con ala”! y hagan de este mundo un campo de flores compartidas.
Dedicado a todos los insectos que no pueden volar.
FIN

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