Las desabrigadas sonrisas de ese Melbourne del ensueño

Cuenta la leyenda que esta es la ciudad más habitable del planeta, que aquí, entre todas sus miradas, entre todos sus pasos, sus jerigonzas, sus expresiones, sus rincones, sus apariencias y sus frialdades, el utópico concepto que brinda a cualquier tierrita el mote de ‘primermundista’,  cobra una forma completamente distinta de lo imaginado.

Más allá de un aparente orden total, de una civilidad inmaculada, de una funcionalidad inquebrantable y de una pluriculturalidad de corte internacional, en sus calles puede descubrirse –si se mira hacia donde es debido- un inequívoco matiz de realidad que ni siquiera ese soñado poder adquisitivo que la caracteriza -bajo las faldas de una descompuesta y malograda globalización que nunca alcanzó a cocinarse por completo-, ha conseguido sacudirle con la debida urgencia.

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Efectivamente, Melbourne esconde un sinfín de rostros deformados, que perdieron la sonrisa hace algunos años –los menos-, hace demasiados sueños –los más-, es una pausada, casi congelada en el tiempo, muchedumbre de olvidados, de abandonados y arrinconados seres que, entre sucios, desarrapados y polvosos, se adivinan consecuencias –todos ellos- de un sistema paternalista que, en pos de una quimera política/social, incluso, se permite licencias semejantes… todas con nombre y apellido y mendingando centavos en las calles.

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Son los mundialmente conocidos como ‘sin casas’, adictos y locos y radicícolas -en su mayoría- entes que supieron –para bien o para mal- escabullirse del abrazo casi tiránico de un gobierno dispuesto a cualquier exceso, con tal de posicionarse entre los más cotizados del globo terráqueo, una pequeña tribu de parásitos que supo encontrar entre los recovecos del sistema, esa mella casi precisa y supo asirse de tal modo a la misma, que al final no hubo más opción que soportarla, que aprender a vivir con ella y enseñarse a justificarla.

La diferencia entre estos ‘yerros administrativos’ y los que conocemos por las artes del cine y la televisión internacionalizados, es que los de aquí, cuentan con todo, porque ni siquiera a perderlo todo han tenido derecho –al menos quienes ostentan una ciudadanía debidamente reconocida-, solo deben comprobarse mutilados clínica, social, intelectual y/o laboralmente para, motivados por su dependencia y su adicción, contar con el total derecho de vivir a las costillas del estado, es decir… de todos.

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Melbourne, como la ciudad del ensueño que todos conocemos, por la que todos hemos sido y seguiremos siendo atrapados, no dista demasiado –muy en el fondo de sus entrañas- de aquellos regímenes que en algún momento fueron tachados de inhumanos y disfuncionales –casi tiranos- por quienes ignoramos demasiado, y se muestra -solo a veces y a cuentagotas- como ese ejemplo cotidiano, de un capitalismo prostituto que, sin el menor reparo, permite a sus ciudadanos tirarlo todo, comodinamente por la borda; a los capitales extranjeros, sin siquiera cuestionar su procedencia y su origen, sembrarse sin demasiados aspavientos y que –para sorpresa de miles-, ante cualquier bienintencionada muestra de talento forastero –aunque ellos, los primeros invasores de esta tierra prefieran la etiqueta de ‘inmigrantes’- cierren filas de la más estricta y miserable manera… es decir desacertada.

Efectivamente, ya bien entrada la humanidad en la primavera –los de arriba-, o en el otoño –los de abajo- de un cabalístico y poco esperanzador 2017, Melbourne sigue siendo conocida como la ciudad con el nivel de vida mejor para habitar, porque aquí todos los sueños son posibles (prometen por montones las agencias de viajes), porque aquí todos los pasos encuentran su remanso (prometen a granel esos agentes migratorios de baratillo que no pasan de ‘coyotes’), e incluso, aquí, todo esfuerzo y dedicación, serán bienaventuradamente reconocidos (prometen y presumen quienes lo han logrado a medias tintas, por encimita, sin desenfundar debidamente los arrestos) pero, si se pierde la cordura y la cautela por cualquier absurdo y desleído direte escupido irresponsablemente por ahí… termina por ser, también, esa ciudad en donde uno lo pierde todo, desde los ahorros de una vida, hasta el mejor de los anhelos.

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Si, leíste bien, Melbourne dio y da vida a sus propios estorbos, porque en algún momento, a alguien –como dicta la buena burocracia internacional- le resultó más sencillo, más económico y menos penoso acogerlos que readaptarlos, porque en algún momento alguien pensó que podría mantener encerrados en sus casas y en sus vicios a esos pocos desadaptados, porque en algún momento alguien creyó que morirían tan pronto, que nadie notaría su presencia o sus faltantes, que nadie notaría –como sucede en todas las ciudades del mundo- las falsedades y las incorrecciones que definen inequívocamente a la especie humana, porque en algún punto de su trompicada y poco loable carrera política, alguien se dejó vencer por la soberbia y decidió comenzar a barrer el polvo por debajo del tapete, porque ese mismo descabezado y ambicioso ser pensó, desde detrás de una copa de fino cristal, a medio llenar con cualquier costosa tarugada embriagante, sintiendo que todo estaba bien y que su séptimo día, es decir el del descanso, estaba por llegar, nunca imaginó que esa minoría, que ese casi imperceptible descuido de su casi perfecto diseño social, saldría, completamente aburrido y descompuesto y embrutecido y enloquecido, a tomar las calles, a orinarse donde les viniera en gana, a recolectar monedas de transeúnte en transeúnte, a vomitarse y a dormitarse por doquier, a montar un campamento bajo sus puentes o un improvisado tinglado en su cotidiano… y ahí están, emputeciendo uno a uno, todos los rincones de este puñado de ficciones, causando lástimas y recordándonos que nadie, que absolutamente nada ni nadie puede ser tachado de perfecto, porque incluso la palabra ‘perfecto’, tiene entre sus muchas perfecciones, una arrabalera y caricaturesca altisonancia.

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Te presento pues esas sonrisas desamparadas de un Melbourne que dista por veces mucho, por veces poco, de un ‘bien intencionado’ pero inmaduro ensueño que solo puede ser visto desde aquí, desde sus calles.

Antonio Andrade / Escritor mexicano
Fotografías: Antonio Andrade
Melbourne – Australia

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2 Responses to Las desabrigadas sonrisas de ese Melbourne del ensueño

  1. Lourdes dice:

    Qué fuerte es comprobar que no hay países de ensueño, ni gobiernos perfectos. Tal vez unos mejores que otros, o menos peores, pero al final, todos tienen cola que les pisen y culpas que expiar.

    Qué pena que un país “desarrollado” y de “primer mundo” como Australia, no haya sido capaz de otorgarle dignidad a su gente. Ahora si que ya no entiendo estos conceptos. No cabe duda que la realidad siempre superará a la ficción, la imaginación, las creencias y expectativas.

    • Bien se ha dicho durante muchos años por ahí que, un gobierno sin un índice de corrupción, es una utopía… y a decir verdad, siempre habrá daños colaterales dentro y fuera de cualquier sistema… la cosa es sencilla, el problema se llama “humanidad”

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